Más allá de las nuevas corrientes enológicas que ahora “ventolean” por Andalucía, y muy bien por cierto, los vinos de
Jerez han sido, son y serán la bandera que nos distingue. Y quizá no sería feo que, sirviéndonos de la metáfora, siendo Jerez la bandera y los nuevos vinos tintos y blancos de Andalucía el aire fresco que la mueva, ambos se uniesen en una única y verdadera muestra de nuestro potencial. ¿Quizá algún día?
Pues bien, creo que siendo coherente, hay que darle a estos vinos la importancia que tienen y cada poco volveremos la vista tanto a Jerez como a
Montilla. Intercalaremos vinos tranquilos o secos (tintos, blancos y rosados) andaluces, más fáciles de entender y de consumir, pero serán los vinos generosos de Andalucía Occidental los que tengan más relevancia.
Así, hoy hablaremos de
Emilio Hidalgo, una bodega histórica que comienza su andadura a mediados del siglo XIX.
Situada en pleno casco viejo de Jerez, ya a comienzos del pasado siglo era reconocida internacionalmente. En la década de los 70 se constituye en sociedad anónima y se hace fuerte más allá de nuestras fronteras, con una importante presencia en más de 10 países.
Sus
bodegas-catedrales son de esas que le cambian a uno la cara en cuanto cruza la puerta. Son edificios únicos que por ejemplo en
Sanlúcar no está respetando la especulación inmobiliaria. Techos altísimos para que el calor estival huya de las botas de roble. Muros anchos para minimizar los cambios de temperatura durante el año y el albero que, empapadito, les regula la humedad.
Con esa tradición y el respaldo que les da la experiencia más que centenaria, elaboran una gama amplia de vinos de los que hoy destacaremos el Palo Cortado Especial Marqués de Rodil.
El Palo Cortado es, probablemente, el vino más complicado del Marco de Jerez. Aúna la crianza biológica (en contacto continuo con las levaduras) más o menos corta, con una más extensa crianza oxidativa en las barricas. Esto le aporta una complejidad y un cuerpo únicos. No son vinos para correr, son vinos para disfrutar y dedicarles un tiempo. Son vinos para saborearlos, no de trago largo.
En lugar de analizar el vino para ver con qué puede acompañar. Veamos en qué lugar o momento me tomaría este vino.
Este vino me pide que huela un poquito a fondo la copa en cada sorbo. Me pide que le dedique esos segundos de gloria cada vez que me lo lleve a la boca. Y se lo he de dar. Sin más, es sólo el hecho de oler conscientemente antes de beber. Me lo tomaría de aperitivo en una barra antes de una buena comida con amigos o de trabajo, no de familia, con unas almendras tostaditas y conversando tranquilamente. El vino es ligeramente punzante, por lo que me alegrará la conversación. También me acompañará viendo la tele (un partido, una película,…) antes de cenar.
Cuando lo bebo, el recuerdo que tengo en la boca es de tostados finos y conforme avanza la charla se me queda un recuerdo acaramelado. Que mientras habla mi interlocutor el recuerdo del vino lo voy a sentir en mi paladar y cuando hable yo, lo “respiraré”. Porque es largo, es muy persistente y acompaña bien el momento, en silencio.