La barra áspera
Pongo un pie fuera de Andalucía, aunque sea un ratito, y al minuto echo de menos mis barras llenas de alegría y hospitalidad, amén del buen material; tapeo religioso; otra caña; llena aquí; vamos que nos vamos, que no falte gloria; ensalada de pimientos; media de berenjenas con miel de caña; buenas tardes, me alegro; ozú que frío; ozú que bulla; llena aquí, niño; que malita está la cosa y que bien lo pasamos; tapita de camarones; ¿te han traído ya la manzanilla en rama?; la anterior ya te la pagué; ¿aquí no se fumaba antes?; a quien no veo hace tiempo es al Rafa; venga, ponme otra y ya. Y vuelta a empezar, ayer como hoy y como mañana.
Puede que en otros lugares de esta España que se desparrama se coma y se beba de categoría, no lo dudo. Incluso lo certifico. Pero en ningún otro lugar del mundo se vive la barra con tanta intensidad, camaradería, buen rollo y sentimiento como en este Sur que añoro cada vez que me voy para volver.
En muchas tabernas y establecimientos del ramo de ciudades y pueblos, al otro lado de Despeñaperros, cuyos nombres omitiré por cortesía, parece que el personal debe tributar por un saludo cordial, por una sonrisa, por la hospitalidad y yo diría que hasta por la buena educación.
Por si fuera poco, en nuestras tabernas y establecimientos del comer y el beber trabajan cada día más profesionales cualificados, con técnica y habilidades, además del saber estar y gracia exclusiva de la tierra. Un lujo, pues, sin competencia.