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Mamá embajada
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Siempre que viajo fuera buceo por la página del Ministerio de Exteriores y apunto antes de la partida la dirección y el teléfono de la embajada española del país de destino, por si las moscas. Hasta hoy no he tenido que utilizar ese valioso comodín del público, aunque son muchas las historias protectoras que he escuchado.

Desde solucionar el grave problema que supone perder el pasaporte o el billete de vuelta en un país lejano, hasta la entrega de dinero para el regreso cuando un ciudadano español ha sufrido un robo, pasando por la asistencia médica en casos graves. La embajada es la "casa" del juego del pilla pilla, el refugio y la protección de un expatriado o de un viajero en apuros.

Me encanta verlas por fuera, porque todas las embajadas están en lugares exclusivos, muchas de ellas en medio de ciudades hostiles y duras. Es como un oasis, con sus casas señoriales y su bandera española, que al verlas da una sensación muy placentera al español convertido en extranjero.

Es curioso que la imagen proyectada es la de un embajador que vive como un marajá en un país exótico, rodeado de lujos y prebendas, pero con poco trabajo. Todo lo contrario, en las embajadas curran muchísimo, más que en cualquier otra administración del territorio: sin horarios, con una gran dedicación y con la prestación de numerosos servicios, a veces complejos y desagradables.

Pues bien, hete aquí que todos los veranos, sin que falle uno, escuchamos en los medios nacionales abruptas declaraciones que exigen a la embajada x del país x que saquen a sus familiares de aquel lugar inmundo que está sufriendo una inundación, un terremoto, una acción terrorista, una explosión fortuita....

Este año ha tocado en la India, en la zona montañosa de Ladakh, al norte del país, en el fin del mundo, vamos. Sorprende saber la cantidad de españoles que estaban por esos lares haciendo lo que les gusta: montaña y aventura. Pero llegó el agua desbordada y violenta, y arrasó. Parece que a estas horas todavía se desconoce el paradero de una veintena de compatriotas que podrían estar en la zona.

Se han sucedido las declaraciones de familiares pidiendo (A veces exigiendo de malas maneras) la intervención del Ministerio de Exteriores a través de la embajada en Nueva Delhi, que ha llegado a participar en el alquiler de helicópteros para sacar a muchos españoles de la zona de riesgo, en un trabajo ímprobo.

En esas, al embajador español en Nueva Delhi se le ha calentado la boca, tirando por la calle principal, la de la verdad, dejando diplomacias en el despacho. Un llamamiento a la serenidad y, sobre todo, a la responsabilidad. Todos sabían donde iban y donde estaban. La información es abundante. Y el que toma el riesgo debe asumir las posibles consecuencias. En su enfado, el embajador declaraba no comprender como algunos españoles han decidido no regresar e, incluso, proseguir su viaje en la zona de riesgo.

Aún así, el embajador y todo su equipo siguen al pie del cañón, gestionando, salvando, pagando y dando la cara.

A quienes no se le escucha es a los viajeros, a los aventureros. Ellos saben como es el paño y donde se meten, aunque deberían entregarle un manual de paciencia y respeto a sus familiares antes de partir.

© Andalucia de Viaje 2017
21 de septiembre de 2017

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