Vivir sin tele
Por distintas razones forzadas que no vienen al caso, llevo tres semanas sin ver la televisión. Esto no comenzó como una terapia, más bien al contrario, pero, transcurrido el primer periodo de "mono", comienzo a ver la luz, a dejar de rascarme como un mono y a ver la vida de otra manera.
Como cuando uno deja de fumar y empieza a recuperar los sabores a partir del tercer día, el apagón televisivo que vivo me está permitiendo descubrir en las personas, en los lugares y en las cosas elementos que antes se me ocultaban.
En primer lugar, he recuperado horas de vida, que dedico a menesteres varios, incluso al tumbing sosegado, sin grandes alardes.
Más a más, esta situación me sirve de vacuna gratuita para el virus que me podrían estar inoculando con imágenes y mensajes en bucle en estos días de campaña, que ya recuerdo vagamente de anteriores ediciones de este cirquete de la fantasía política.
Ahora paseo este otoño que no lo parece en las horas de los telediarios y de las series de investigadores guapos, brillantes y repetitivos. También redescubro a seres y rincones, dándome para ello tiempo y calma.
Ahora vivo más feliz, sin tele. Con perdón.